Lado oscuro del boom del «dólar soja»: qué grave efecto colateral en la economía preocupa a expertos

En Argentina se celebra el auge de la exportación estrella, pero los u$s520 por tonelada pueden tener algunas consecuencias indeseadas

«Entre nosotros, me quedaría contento si me dijeran que el precio de la soja se fuera a mantener en este nivel de 340 dólares por todo el año; aquellos precios de hace una década son irrepetibles, incluso cuando se vuelva a debilitar el dólar». El que hacía esta afirmación era uno de los principales empresarios aceiteros de la Argentina, quien apenas seis meses atrás creía impensable, como la mayoría de sus colegas, que hoy el mundo estuviera otra vez viendo una realidad que parecía imposible: la soja cotizando por encima de los u$s520.

Y, por cierto, en ese momento, los portavoces del escepticismo parecían contar con argumentos de peso. Primero, señalaban cierto «desacople» que había roto el tradicional esquema de «dólar para abajo, commodities para arriba». Señalaban que la nueva situación geopolítica había terminado con esa relación automática y que bastaba con un tuit de Donald Trump para que los precios del mercado global tomaran otro camino.

Por otra parte, no todos creían que el dólar continuara debilitándose en el marco de la pandemia, e incluso muchos auguraban que empezaría el camino de la recuperación de la mano del efecto «flight to quality«, lo cual sería una mala noticia para los productores de materias primas.

Por otra parte, se argumentaba que había motivos estructurales de la industria alimenticia que harían imposible volver a los récords de la soja. Por ejemplo, que nunca más ocurriría una situación como la de 2008, cuando Estados Unidos fomentó el uso del maíz como insumo del bioetanol, lo cual llevó a una caída en la oferta de maíz para uso alimenticio y que la demanda de soja –un sustituto del maíz- explotara.

Y, finalmente, aun si todo se diera como para que la soja tuviera una recuperación, muchos eran escépticos sobre cuánto lograría Argentina beneficiarse con esta situación. El argumento era que los chinos preferían comprar en Brasil, y que los productores argentinos, más enfocados en harinas y aceite, no tendrían tanto margen para vender porotos sin procesar.

Para colmo, en los nuevos mercados de exportación argentinos, como India y los países del sudeste asiático, estaba cayendo drásticamente el consumo de aceite como consecuencia de la pandemia.

Sí, en esa Argentina de hace apenas seis meses parecía imposible que la soja pudiera darle alegrías a la economía, cuánto menos volver a aparecer como el producto salvador de las atribuladas cuentas nacionales en un momento de escasez de divisas.

Pero a veces pasa. Todos los planetas se alinean. La demanda china sube por encima de lo previsto, la producción estadounidense cae por cuestiones climáticas, la política global hace pensar en una nueva fase de dólar barato. Y encima los brasileños tienen recorte de producción… y en Argentina vuelve a llover.

Conclusión, que el último reporte de la USDA, esperado en todo el mundo como referente para saber qué ocurrirá en el mundo de los alimentos, marca que habrá una producción inferior a la esperada, con lo cual el precio de u$s500 la tonelada, que ya había dejado azorado a todo el mundo, se quedó corto y hay que esperar precios superiores a los u$s520.

Para Argentina, esto implica que los empresarios del sector -y, sobre todo, los funcionarios del equipo económico- están revisando sus números al alza. El aporte de divisas será mayor al esperado y, según la Bolsa de Comercio de Rosario -que hizo este cálculo antes de la última suba de precio– el complejo exportador sojero podría aportar un 37% más que en el año 2020. Hablando en plata, más de u$s21.000 millones.

Con el boom de los precios en el mercado global, los funcionarios calculan un aumento de más de 35% en el aporte de divisas del campo

Con el boom de los precios en el mercado global, los funcionarios calculan un aumento de más de 35% en el aporte de divisas del campo

Lecciones duras de la historia reciente

El valor más alto de la soja desde 2014, Argentina posicionado para ser un proveedor global y hacerse de divisas justo en el momento en que más lo necesita. Todo parece cumplir el deseo de volver a una economía con «viento de popa».

Pero… siempre hay un pero. El boom de la soja puede tener su lado B, y puede traer en el largo plazo más complicaciones que el beneficio económico de este año.

Algo de eso ya se está viendo en estos días: un riesgo grande es la tendencia a la «sojización». Algo que siempre ocurre cuando el precio de la soja sube desmesuradamente, pero sobre todo si a esa situación se le agrega el aderezo de un intervencionismo estatal en otros rubros, como el maíz, el trigo y la carne.

Y esas son, exactamente, las señales que el Gobierno le está enviando al campo en estos días. Con los intentos de restricciones a la exportación de maíz -con el argumento de que corre riesgo de encarecimiento el insumo principal para el alimento de aves, cerdos y vacunos- se corre el riesgo de que se consiga el objetivo inverso al buscado. Es decir, que la producción de maíz disminuya y entonces, como en una profecía autocumplida, el precio empiece a subir.

Lo mismo puede ocurrir con el trigo y con la propia carne vacuna, sobre las cuales corren versiones de nuevas medidas intervencionistas. ¿Y qué hace un empresario de esos rubros cuando siente que su rentabilidad puede estar amenazada por un mayor intervencionismo? Lo que haría cualquiera: cambia de actividad y se dedica a cultivar soja, que ofrece menores complicaciones y mayores posibilidades de recupero de la inversión.

Ya pasó varias veces, claro. Un informe de la ingeniera Marianela de Emilio, del portal Agroeducación, recuerda que las medidas intervencionistas durante la gestión kirchneristas llevaron a que la producción de maíz de 2009 fuera la más baja en 25 años, con una cosecha de 13 millones de toneladas. Y que algo similar ocurrió con el trigo, que en la campaña 2012/2013 cayó a 8 millones de toneladas, los volúmenes más bajos en cuatro décadas.

Pero lo curioso es que en algunos de estos casos los rindes aumentaron por mejoras tecnológicas, lo cual da la pauta de que la caída en la producción se debió, principalmente, a una fuerte disminución en las superficies sembradas.

Situaciones similares se han visto en el área ganadera. Una prohibición de exportación instrumentada durante el inicio del gobierno de Cristina Kirchner trajo como consecuencia un efecto de manual: el primer efecto fue una caída en el precio, porque los ganaderos mandaron a faena los «vientres», es decir las vacas en condiciones de parir.

Son decisiones que se suelen tomar cuando un ganadero decide cambiar de rubro y entonces liquida su stock de ganado. El resultado fue que el país bajó en pocos años de 60 millones a 48 millones de cabezas de vacunos. Y en poco tiempo el precio volvió a subir, de forma tal que en 2011 se llegó a una cifra mínima de consumo que en ese momento fue récord histórico: menos de 55 kilos anuales por persona.

¿Bendición o tragedia?

La pregunta es obvia y la respuesta también: ¿qué hace un productor cuando deja de sembrar maíz o trigo, o un ganadero que decide dejar un rubro que ya no es rentable? Sí, se dedica a probar suerte con la soja.

Además de sus atractivos naturales, ofrecen también otra certeza: como ya tienen un nivel de retenciones máximo de 33%, al menos en ese sentido no ofrecerán margen de sorpresas.

Pero no todo es achacable al Gobierno, claro está. Hay ciertos factores de organización del negocio agrícola que hacen que la soja tenga su costado oscuro. Y hay expertos, como el consultor Salvador Di Stefano, que no duda en calificar el fenómeno de la sojización como «una tragedia para el campo«, que traerá como correlato dificultades en toda la cadena de valor.

Su argumento es que la soja se ha transformado en la verdadera moneda para el arriendo de la tierra. Es decir, el campo arrendado (que significa el 70% de la producción) subirá cuando suba la soja, aun si el productor se dedica a otro cultivo que no siga la misma evolución de precio. Esto implica un incentivo adicional para pasarse a la soja.

Lo cual no es gratis, desde ningún punto de vista. Económicamente, puede volver a generar disminución de producción en trigo y maíz. Pero, además, argumenta Di Stefano, «hacer durante varios años soja degrada la tierra y le quita potencialidad».

El auge de la soja puede llevar a un masivo cambio de rubro entre los productores rurales

El auge de la soja puede llevar a un masivo cambio de rubro entre los productores rurales

Menos caja para el productor, más para el fisco

Lo llamativo es que el productor sojero no está llamado a hacerse millonario por el nuevo escenario internacional. Dada la política de retenciones y la brecha cambiaria existente, el productor se quedará con apenas u$s200, luego de transformar los 349 dólares que le queden al tipo de cambio oficial y luego recomprar divisas en el mercado paralelo.

Aun así, el fenómeno parece indetenible. Los que incursionan en los demás rubros del campo tienen una fuerte desconfianza en el sentido de que el Gobierno quiera captar una mayor parte de su rentabilidad. Aun cuando se haya dado marcha atrás en las trabas exportadoras, quedó la evidencia de una desconfianza entre los directivos de las agremiaciones rurales.

«El Gobierno da señales que a largo plazo no son buenas. Para aquel que está invirtiendo es algo que le produce temor. El Gobierno podría hacer otras cosas como modificar la tasa de IVA de los alimentos provenientes del maíz y de esa manera ponerlos más competitivos», advirtió Antonio Aracre, empresario de Syngenta.

Y, en efecto, el informe de la ingeniera De Emilio demuestra que el costo del maíz, usado como materia prima de la industria, la producción láctea y cárnica, no supera el 10% del valor final al consumidor, mientras la carga impositiva representa el grueso del costo final de los bienes de consumo. Por tanto, si se genera un efecto de recorte de precios por trabas a la exportación, no impactaría significativamente el precio final de los alimentos -supuestamente, el motivo central de preocupación del Gobierno. En cambio, la desgravación impositiva sí tendría incidencia sobre los precios de alimentos, pero se trata de una alternativa difícil de asumir políticamente para un Gobierno que necesita enviar señales de aumento en la recaudación fiscal.

Desde el punto de vista del Gobierno, la sojización es un beneficio en el corto plazo. Cada maicero que se pasa a la soja representa un productor que, por cada tonelada exportada, pasará de aportar u$s110 a u$s156 por concepto de retenciones.

No deja de ser tentador para un Gobierno ávido de divisas. Pero la historia reciente da lecciones sobre los dolores de cabeza que vienen asociados a ese fenómeno.

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Fuente: iProfesional